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April 26 PARA TI MUJER IRANI
Mujer iraní
Hermana mía y compañera, no te separes de tu hermana que lucha y se “desvela”.
Si eres de las que llevan velo porque la que se lo ha quitado, te necesita de apoyo cual trinchera. Ella porta el estandarte que acogerá tu “desvelo” en una mañana nueva.
Si no llevas velo, porque quien lo usa necesita tu tesón, tu impulso, tu cordura, tus maneras… hasta que ella pueda dejar caer también el velo que a su ser oculta.
Mujer iraní, luchadora, valiente y libre, no tires la toalla.
Muestra tu hermoso rostro y tu cuerpo noble y generoso a los cuatro vientos. Pero guárdate para que no caigas en tu frente de batalla. Que, si caes, habrá un soldado menos y te necesitamos viva y peleona y no como una efigie, en el recuerdo, que luchaba. Si caes, a tu alrededor se extenderá, como la peste, el miedo… ¡sobre todo bajo el velo! y puede que muchas que se lo han quitado abandonen la lucha en el fragor de la batalla.
Guárdate, cuídate… pero… no protegida con un velo de tutela y dejadez de los derechos que trajiste aquí al nacer.
Cuídate, protégete con un escudo de Amor y Poder que afiancen y potencien la fuerza de tu ser. No eres madre sólo de cuerpos. Las almas de tus hijos maman de ti también.
Saca pecho y dales tu alimento. Que no mueran de tristeza e inacción por miedo al porvenir. ¡¡¡¡¡ Se su ejemplo!!!
April 23 LOS MIEDOS DE SKEYSILos miedos de Skeysi
Skeysi se consideraba un periquito feliz.
Había nacido en la jaula de los periquitos de Paco, el criador de pájaros, y, un día, le habían llevado, a él sólo, a su jaula actual y a su casa nueva con personas nuevas y distintas a Paco. Conservaba muchos recuerdos de su estancia en el criadero de pájaros. Unos eran de sensaciones desagradables como la de estar siempre apretujado y discutiendo por quien y cuando podía usar el comedero o el bebedero. (Siempre había alguien usándolos y había que hacer turno y esperar la cola hasta que te tocaba.) ¡No le gustaba recordar esas sensaciones!. Bueno, reconocía que debajo de esas sensaciones desagradables de esperar turno, de las discusiones por los que se colaban, de tener que soportar como dejaban el comedero algunos o de tener que aguantarse con las sobras que quedaran…, debajo de ellas, tenía el recuerdo de otras que le gustaría disfrutar ahora y no podía: era la sensación de compañía constante con otros de su misma especie, otros pájaros, otros periquitos; era la conversación, las sensaciones nuevas que vivía a través de lo que contaban otros pájaros. Eso le daba seguridad, todos estaban en una misma situación y, cuando se asustaban, se calmaban gritándose unos a otros.
Aquellos recuerdos le planteaban muchos problemas a Skeysi.
En la casa, donde vivía, todos le querían: el padre, la madre y el hijo Jacobo. Había veces que incluso discutían entre ellos por proteger su bienestar. Aquí no tenía que discutir, ni esperar por la comida o la bebida. Todo lo que había era sólo para él y de una gran variedad pues, todos los fines de semana, le querían sorprender con algo nuevo de la tienda, para que no se aburriese.
Desde poco después de traerlo a casa, habían tomado la costumbre de dejar la puerta de la jaula abierta para que estuviera libre por el salón. Le encantaba tener tanto espacio para volar. La verdad es que le encantaba ahora, pero al principio le costó tiempo y esfuerzos hasta llegar a disfrutarlo. Skeysi no recuerda si la puerta de su jaula estuvo siempre abierta o sólo estaba abierta el día en que él se dio cuenta. Al principio vio más espacio y que no había obstáculos para pasar, o eso parecía, y se quedó allí, agarrado al travesaño de la puerta, ladeando a un lado y a otro la cabeza, mientras pensaba y se tranquilizaba ante la novedad. Recordaba, muy bien, el palpitar de su corazón contra su pecho. (Skeysi cree que fue tan fuerte que, desde entonces, lo tiene demasiado sensible, se agita demasiado ante la menor novedad.) Estuvo mucho tiempo, un día entero, sin comer ni beber, quieto en su sitio y en aquella posición, hasta que una mano, no recuerda aún de quien, lo empujó para adentro de la jaula y de nuevo vio barrotes. Al día siguiente, eso lo recuerda perfectamente, Jacobo le puso agua en el bebedero y Skeysi vio, de nuevo, espacio libre donde antes no lo había. Su corazón se agitó un poquito y saltó, rápido, a su balcón del día anterior. Más sereno esta vez, empezó a pensar que podía hacer desde allí. Cada vez que tomaba la decisión de volar hasta la esquina de algún mueble, él mismo se decía: - Es que…¿ y si no tomo impulso suficiente y se me queda enganchada una pata aquí, en la puerta….? Seguro que me quedo cojo. - Es que… ¿y si no sé como mover las alas y me caigo antes de llegar…?.Seguro que me mato. - Es que… ¿y si llega alguien mientras estoy en el aire y me atrapa y…? a saber lo que me hacen… Y terminaba pensando: - Es que... ¿y si total no es tanto el beneficio que obtendré, entre volar por toda la habitación o estar disfrutando de esta preciosa jaula…? ¿Para qué arriesgarme?
Uno de los días, después de este pensamiento y mientras se sacudía las plumas, (que quizás se le habían puesto demasiado huecas por el miedo que sentía) Skeysi vio, al lado de sus patas, como Jacobo le ponía un dedo y él se agarraba con todas sus fuerzas y seguidamente volaba sin volar, hasta que Jacobo se sentaba en el sofá, mientras le decía cosas que no entendía. Cuando se hubo sentado, Jacobo lo dejó encima de la mesa baja del salón y él, Skeysi, temblando, empezó a andar por ella. Cuando llegó a una de las esquinas ya estaba en el suelo, no sabe aún si bajó solo, si se cayó allí, pero el caso es que después de un sobresalto y un batir de alas se dio cuenta de que estaba andando por el suelo. No le gustó. Demasiadas cosas por encima de su cabeza. Había más luz arriba. Allí, en el suelo, estaba oscuro, así que, con un impulso, se subió al brazo del sofá desde donde oteaba mejor el salón y veía lo que hacía Jacobo. Poco a poco, experimentando, fue dándose cuenta de cómo se agrandaban las distancias que podía recorrer, batiendo sus alas antes de que se cansaran y cayera o se diera un golpe contra cualquier cosa. Cada día hacía lo mismo y disfrutaba viendo que era más fuerte, y que su curiosidad aumentaba buscando distintos ángulos desde donde observar el mundo en que vivía. Observó la vida de las cucarachas, que ni le atraían para darlas un picotazo; de unas descaradas hormigas que se colaban por una rendija de la ventana; de algunas moscas que no sabía de donde venían, de vez en cuando, y del padre, de la madre y de Jacobo que se sentaban, hablaban, se acariciaban y, otras veces, se gritaban. Oteando un día, Skeysi se dio cuenta de que se habían dejado la puerta del salón abierta y voló, rápido, por aquel agujero oscuro pero no encontró donde agarrarse y parar, y prefirió volver a la segura luz del salón. Cuando se recuperó de la emoción vivida se puso a pensar y llegó a la conclusión de que parecía que había muchos espacios nuevos por donde volar.
- ¿Es que no habría límites?
Con esa experiencia, y sus pensamientos sobre ella, estuvo días enteros, sin necesitar moverse del primer saliente que elegía cada mañana, dándole vueltas a su cabeza. De tanta cavilación le sacó, un día, una voz chillona que no provenía de su cabeza. La escuchó sorprendido y alegre, al darse cuenta de que entendía perfectamente lo que decía esta voz. No sólo entendía a la nueva voz, sino que vio que un pájaro volaba, enloquecido, por el salón, mientras le saludaba alegre. Era una golondrina. Le contó que venía de muy lejos, buscando calor y, distraído, con la cháchara loca de la golondrina, consiguió recordar sólo el final de lo que le estaba diciendo: -¿Qué haces ahí plantado, sin moverte?
Y… esta es la pregunta que se le quedó, a Skeysi, rondando por su cabeza pues, al oír los ruidos, la madre de Jacobo llegó y la golondrina se fue, rauda, por donde había venido, mientras la señora de la casa cerraba la ventana y daba gritos que no entendía.
Al día siguiente Skeysi no se paró en la esquina del mueble del salón, se fue, directamente, al respaldo del sofá que estaba situado bajo la ventana. Desde allí miraba a través del cristal, se limpiaba sus plumas y agitaba la cola, mientras esperaba ver venir de nuevo a la golondrina. Durante este tiempo, no paraba de martillearle en la cabeza:
- ¿Qué haces ahí parado?
Mientras oteaba desde allí, día tras día, se dio cuenta de algo en lo que antes no había reparado: La ventana se abría todos los días durante un rato. Al principio, lo cogían del sofá y lo metían en la jaula pero luego observó que si se subía a su rincón del aparador, allí no lo molestaba nadie, y así lo hizo mientras vigilaba, con ansiedad, la ventana abierta. Un día entró una mariposa que, tras presumir y divertirse un rato, se fue por donde había venido. Otro día entró un gorrión que le habló, con voz desagradable, diciéndole: -¡Eh, tú, inútil, gorrón, todo el día aquí comiendo y sin aprovechar la ventana!. ¿Por qué nunca sales a disfrutar del sol y buscar la comida por ti mismo? Seguro que te divertirías
Otra pregunta en que pensar, otra pregunta que lo inquietaba y otra pregunta para la que necesitaba una respuesta. Aquella noche no durmió y al día siguiente no salió de la jaula y no paseó por el salón. Necesitaba pensar y hallar respuestas, pero pocas se le ocurrieron y las que se le ocurrieron le ponían triste. No hablaban de alegría o valentía. Hablaban de miedo, escalofrío, desprecio…Por tanto decidió, cuando pudo, que volvía al respaldo del sofá y desde allí vio que el gorrión se paraba en la ventana y, a través del cristal, le hacía señas para que saliera. Mientras miraba al gorrión gesticular, Skeysi, se decía, como se había dicho los días pasados:
- Es que… ¿Y si salgo fuera y no encuentro comida? - Es que… ¿Y si cierran la ventana y no puedo volver cuando lo necesite? - Es que… ¿Y si llueve o hace demasiado sol y no encuentro donde guarecerme? Así siguió planteándose muchos “es que y si…” hasta que llegó al que le había hecho atascarse la vez anterior, cuando buscaba más espacio para volar fuera de la jaula:
- Es que… ¿Y si total no es tanto el beneficio de salir, como el riesgo que corro al abandonar esta bonita y segura casa?
Pero esta vez ya había acumulado muchas experiencias para contestar a esta machacona y machacante pregunta. Desde que se había arriesgado (con la ayuda de Jacobo) a dejar la jaula, siempre había disfrutado más del vuelo, del espacio, de sus posibilidades, de sus logros al arriesgarse con sus posibilidades… Habían surgido oportunidades como la de la golondrina, el gorrión o incluso la tonta mariposa. Nada había sido negativo, ni siquiera los golpes que se dio hasta fortalecer sus alas. ¡Lo que aprendió, sobre el vuelo, con cada golpe por escasez o exceso de fuerza, por mayor o menor ángulo de giro, por…!
Empezó a trazarse un plan.
Cualquiera de los días siguientes, como siempre, se situó en la esquina de su aparador favorito. Cuando abrieron la ventana para airear esperó, paciente, a que se fueran y voló, a través de la ventana, a disfrutar del aire libre. Su corazón volvió a chocar contra su pecho, por la emoción y el miedo, como la primera vez que vio la puerta de su jaula abierta. Skeysi se fue tranquilizando poco a poco. Pensó que había aprendido lo suficiente para actuar arriesgándose lo preciso. Todo encontraría su propia solución en el momento oportuno, Se arriesgaría sólo un poco cada día, sabiendo que siempre podría pararse en un punto desde el cual volver a partir. Había llegado a conocer a Jacobo y sabía que tendría la jaula abierta, por si quería volver, al menos al día siguiente; porque él le había ayudado a arriesgarse a vivir su libertad y eso ninguno de los dos lo olvidaría.
Ahora sabemos que Skeysi vivió su vida, no sabemos si corta o larga pero sí sabemos que, a partir de aquel día, fue la suya, la que él había elegido al atravesar la ventana y la que siguió eligiendo vivir cada día
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